¿Cómo encontraste a #Venezuela?: La Inseguridad #FreeVenezuela

Niños jugando en Petare

Image by Getty Images via Daylife

La inseguridad no es algo nuevo en Venezuela, la mayoría hemos crecido con cuatro ojos y un sexto sentido para cuando caminamos en lugares “extraños” o cuando estamos en la calle a ciertas horas. En este sentido, la inseguridad se ha convertido a través de los años en un elemento “natural” del paisaje del venezolano.

He vivido lo suficiente como para recordar un tiempo cuando se podía dormir con las ventanas abiertas y sin rejas en las puertas. También recuerdo que la puerta de mi casa solía estar abierta durante todo el día mientras gente iba y venía visitando y bebiendo café.

Luego, con los años, las rejas en puertas y ventanas se convirtieron en un lugar común, algo “normal” en la estructura de cualquier casa.

Recuerdo que hace años una amiga española quien estaba de visita en Caracas me comentaba que las casas le parecía pequeñas cárceles o “jaulas de pájaros” con todas las rejas que tenían alrededor. Un poco después, cuando tuve la oportunidad de ir a España por primera vez, comprendí el comentario.

Sin embargo, mi sorpresa fue suprema al ver hace unos cuatro años enrejado eléctrico en casas en Maturín, mientras visitaba a una de mis tías.

El punto de todo esto, es el hecho de que, como sociedad, los venezolanos hemos ido entregando más y más de nuestras libertades y cediendo más y más de nuestros espacios en vista del continuo incremento de la inseguridad. En el tercer país mayor productor de petróleo del mundo, el hecho de que la clase media sea cuasi inexistente y que la pobreza alcance entre un 40% y un 80% (recomiendo leer al menos dos estudios sobre este tema: Índices de pobreza en Venezuela: En búsqueda de las cifras correctas e Indice de pobreza: ¿Por qué las discrepancias?) de la población es injustificable y ésta es una enfermedad que ha venido ultrajando al patrimonio nacional desde hace décadas, que vio su mayor expresión en aquel horroroso viernes negro durante el gobierno de Luis Herrera Campins, cuando el dolar dejó de costar Bs. 4.30 debido a la devaluación del Bolivar y que desde entonces no ha dado vuelta atrás.

En ésta ocasión, viajar a Venezuela me trajo más preocupaciones que de costumbre. El continuo aumento de la criminalidad, el aumento de las muertes en robos y demás y la “cotidianeidad” en la que se ha covertido el secuestro me llevaron, junto con mis hermanos, a cuidar muy bien cómo me transportaba por Caracas o Valencia junto a mi esposa e hija.

Por supuesto que cualquiera podría suponer que esto no es más que la paranoia gratuita de quien ya no vive esta realidad, pero la verdad es que esta “paranoia” no era mía, sino la de mis familiares en Venezuela quienes viven esta realidad día a día.

No se necesita pasar demasiado tiempo en Caracas u otra ciudad para darse cuenta de que la gente vive en una especie de estado de alerta constante, aunque a veces sean incapaces de notarlo ellos mismos y éste estado de alerta ha ido aumentando, en mi opinión, constante y exponencialmente creando un clima de tensión y agresión cada vez más palpable.

Un ejemplo de esta “tensión violenta” lo encontré en el tráfico valenciano. Este año, mucho más que en otros, el nivel de agresividad y de caos del tráfico en Valencia me sorprendió tremendamente -tenga Ud. en cuenta mi estimado lector(a) que yo aprendí a manejar en Caracas en una época en la que ésta, junto con Maracaibo, era considerada la peor ciudad para manejar en Venezuela.

En una ocasión particular, mientras viajaba con mi primo en la Avenida Bolivar de Valencia, un carro nos cortó en la vía tratando de cruzar la avenida, lo que obligó a mi primo a frenar sorpresivamente para no golpearlo. La persona en el otro automóvil, a pesar de ser quien estaba entrando indebidamente en la vía, nos sacó el dedo y se marchó. La peor parte fue comentario de mi primo: “Aquí ahora no puedes decir nada porque cualquiera te saca un arma. A un amigo mío lo mataron por no darle paso a otro carro inmediatamente”.

Estos pueden parecer ejemplos un tanto “insignificates”, pero cuando se acompañan de los recuentos de asaltos, asesinatos y tragedias de muchos otros conocidos (entre los que se encuentran uno de mis más estimados profesores de filosofía) y a esto se suma la gratuidad de tales hechos, se crea un caldo de cultivo en el que el ciudadano común vive asediado y limitado por la falta de seguridad que no solo implica encontrarse en un lugar “inseguro” en un momento inadecuado, sino en el simple acto de subirse a un taxi o cualquier otro tipo de transporte público así como estar en frente de su propia casa en un momento determinado.

Durante mi estadía en Venezuela tuve la oportunidad de preguntar a conocidos y desconocidos su opinión sobre el tema de la inseguridad y tengo que decir que la respuesta fue unísosa, independientemente de las inclinaciones políticas de mis interlocutores: “Los niveles de inseguridad en Venezuela han aumentado, el hampa es quien gobierna en las calles”.

Valga decir que algunos de mis interlocutores pro-gobierno no dudaron en expresar esperanza por la reciente creación de la Policía Nacional Bolivariana, mientras que mis interlocutores opositor indicaron que el gobierno está más pendiente de dar dinero y recursos a otros países que del bienestar del pueblo venezolano.

Ésta situación se ve aún más acentuada por los numerosos apagones resultado de la crisis eléctrica que asecha Venezuela en estos momentos y que tocaré más adelante.

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